Tan cerca de Buenos Aires… Tan lejos del mundo

 Había un motivo por el cual todos los bonaerenses hablaban de este lugar. Su nombre, Tigre, no da pistas sobre lo que el paraje reserva a los ojos del visitante.

El maravilloso Delta del Paraná, con decenas de islas e incontables ríos navegables, derrocha vida cotidiana. Muy diferente de la que algunos conocemos, sin embargo.  

Es la realidad de los niños que navegan hasta el muelle de la escuela, y al subir y bajar del barco saludan calurosamente al conductor con un beso. De los vecinos que esperan junto al embarcadero de su casa para intercambiar las botellas vacías de agua por otras llenas. Del capitán  bebiendo maté y moviendo el timón al ritmo de cumbia.

Es esa otra Sudamérica, pura, sencilla. De la que tendríamos tanto que aprender.

Navegando por Tigre

Conocer de dónde llegaste para saber que nunca te irás

Hace pocos días no pude estar al lado de los míos en un día muy importante. En un momento triste. Unos instantes en los que habría deseado estar cerca de vosotras. 
En ese preciso momento, traduje la impotencia en fuerza. Energía para darle forma a una idea que ya antes existía en mi cabeza. El empujón necesario para regalarle a las mías (y a mí mismo) una parte de nuestro pasado.

Lo más privado quedará para los Castiñeiras. Pero la belleza de esta historia me exige compartir una pequeña parte con todos mis amigos.

Monte Grande es una ciudad en la provincia de Buenos Aires, a unos 20 kilómetros al suroeste de la capital. Hoy rebosa vida popular. Intimida con su pobreza. Emociona con su sencillez. 

Lo que hoy es una urbe inmensa, contaminada e insegura, nació hace poco más de 100 años a base de quintas donde habitaban familias infinitas, rodeadas de animales y plantaciones. Eran los fundadores de Monte Grande, a los que hoy una placa en su plaza central recuerda. Entre los nombres que figuran en la piedra, un tal Vicente Ramos me eriza la piel. Hoy pisa este lugar la vertiente gallega de su sangre.

Periódico de mediados de siglo XX citando a mi bisabuelo don Vicente Ramos

Como tantos gallegos de principios del siglo XX, mi bisabuelo cruzó el océano de manera muy diferente a la que yo acabo de hacer. Ninguna moderna mochila sino una diminuta y modesta maleta. La fue llenando de triunfos, de éxitos, de sudor y lágrimas… Incluso de una familia. Años después regresaba a Galicia por diferentes razones, con su valija una vez más vacía. Supongo que arrastraba esa agridulce mezcla de tristeza y alegría que siempre transportamos los “emigrantes”.

Con su equipaje a cuestas, Vicente dejó una huella imborrable a ambos lados del océano Atlántico. 

Placa a los fundadores de Monte Grande

Hoy he tenido el privilegio que encontrar algo de lo que Vicente se dejó en América. Algo que ahora envío a un lugar desconocido, donde sé que por siempre sonreirá lo que se dejó en Europa. Que ya no volveré a ver; pero que siempre caminará a mi lado.

Doña Raquel en su casa de Monte Grande el 24 de abril de 2016. Tenía 93 años.

Rumbo al sur cargado de piedras livianas

Quien viaja sin compañía nunca está solo. “Se conoce a gente cada día en todos los lugares…”, decían todos (y tenían razón). Pero no me refiero a eso.

Un amigo me dijo hace unos meses: “En nuestra vida cargamos con una mochila que vamos llenando con piedras. Nos cruzamos con personas que también llevan las suyas. Conocerlas y quererlas significa saber respetar ese peso que arrastran”.

Mi amigo Tincho Lienau en la víspera de partir hacia América.

Si bien tú no lo decías en este sentido, Hermano, hoy rememoro tu brillante metáfora viajera para explicar por qué, desde que inicié mi viaje, nunca me he sentido solo, a pesar de estarlo físicamente en ocasiones. 

Llené mi mochila de personas que se desplazan a mi lado, allá donde voy. Pero que no suponen una carga, sino el resorte necesario para iniciar cada nuevo día de sorpresas y descubrimientos.

Cargué recuerdos a mis espaldas, que transforman el camino en una vía cuesta abajo. Es un sendero de experiencias que un día quiero compartir con esas personas. 

Como si fueran el punto de partida de vías adoquinadas, esas piedras me guían por los terrenos que ellos ya tocaron. Me acercan a sus piedras hermanas. 

Con la familia Lienau en su casa bonaerense.

Sin lugares de paso

Tras 17 horas en autobús, llego a Neuquén después de cruzar la Pampa, apenas visible por la oscuridad.

He oído que aquí cerca un embalse produce un buen porcentaje de la energía del país.

Represa Ramos Mexía de El Chocón

Leo que en el paraje han encontrado el fósil del más inmenso dinosaurio que habría existido, mayor incluso que el “hollywoodiano” Rex.

Esqueleto encontrado en El Chocón de el «Gyganthosaurus»

Dicen, en definitiva, que Neuquén bien merece una parada. Pero el tono la menosprecia a la categoría de ciudad de paso.
Lo que me encuentro es una pequeña villa que me regala paz. Que con su tranquilidad pone una frontera invisible entre la provincia de Buenos Aires y la Patagonia. Que te agasaja con un encantador contraste entre el refrescante azul del río Limay y el árido rojo de las bardas. 

Pero ante todo me da la bienvenida con una cálida familia. Que me acompaña con mis pasiones y me regala las suyas.

Amigos del Hostal Punto Patagónico

Que deja su nombre impreso en esta historia y se convierte en punto de llegada en el camino. 
No existen lugares de paso. Más bien, cada lugar pasa por uno mismo y deja una huella tan profunda como las que aquí están gravadas desde tiempos jurásicos. 

La ruta me dio la razón

Llevaba días poniendo en duda mi plan inquebrantable de viajar solo por tierra. Solo hay dos reglas, me dije: 

  1. No tener plan.
  2. No tomar aviones hasta la meta, esté donde esté.

En Buenos Aires me separé de muchos de los amigos que fui conociendo, en la capital o en Uruguay. Unos volaban hacia el norte. Otros hacia el sur. 

Mientras viajaba por angostas carreteras, tras horas sentado y escasos centenares de kilómetros recorridos, ellos publicaban fotografías con paisajes sacados de mundos diferentes al que me rodeaba: los glaciares de Perito Moreno… Las cataratas de Iguazú.

¿Estaría perdiendo tiempo y dinero?

En la ruta de Neuquén a Bariloche

Pero luego apareció. La ruta me regalaba postales por cada ventanilla del coche, diferentes a cada curva que tomábamos. La estepa árida a la izquierda. A la derecha embalses, ríos, lagos…

De repente me sorprendo a mí mismo incapaz de cerrar la boca. Permanezco en esa posición casi durante los 400 kilómetros que me llevan a San Carlos de Bariloche. Mis compañeros de viaje me ofrecen la calabaza de mate y me sacan de mi ensimismamiento.

-Hemos llegad”, me dicen.

-¿Ya?
Ahora estoy seguro. Era una buena regla. La Ruta me lo confirmó.

Viajando hacia San Carlos de Bariloche

Al margen del paisaje

Un campo infinito. El marrón oscuro de la tierra interrumpido por la vegetación de la estepa, de tonalidades más claras. 
Alzar la vista y la cordillera de los Andes insinúa que el invierno se acerca, con las manchas blancas de sus cumbres.

Cruzando campos de la Patagonia argentina

Un gaucho en lo alto de una montaña emite sonidos, montado a su caballo, convocando a centenares de ovejas. Regresan a casa y cruzan nuestra carretera, una a una, con orden militar. Parece que estoy en mi cama, en mi casa, contando “ovejitas” para conciliar el sueño.
En el horizonte el azul del cielo parece traslúcido. Una cortina avisa de que del otro lado está lloviendo. Sobre el lago Nahuel Huapi, inmensa masa de agua al lado de este paisaje árido.

Vista del lago Nahuel Huapi desde cerro Campanario

Me maravillo de lo que tengo a mi alrededor. Pero no es, sin embargo, nada de lo descrito. Es un mate compartido con una familia junto a un riachuelo que cruzamos con nuestro 4×4. Es un gol de mi equipo que celebro abrazando a una maravillosa mujer que conozco desde hace 3 horas. Es una caminata hasta lo alto de un cerro que demuestra que el valor está en el camino. Es un plato de pasta compartido con un amigo, que me abre los ojos ante lo importante de la existencia.
Abro los ojos a la belleza de lo que me rodea, de lo me envuelve … Más allá del paisaje.

Con Felipe, Tommy y Ramón el 6 de mayo de 2016

Ni una imagen ni mil palabras

No existen verbos ni adjetivos que puedan explicar un blanco amanecer de árboles otoñales, de tonalidades rojas y anaranjadas, sobre el fondo blanco de la escarcha.
No llegan mil frases para describir el estruendo de un fragmento de hielo del tamaño de un camión (una canica para la ignorante visión humana) cayendo sobre el agua, explotando en mil pedazos que retumban como una explosión, provocando un oleaje que llega hasta nuestra orilla y cuya música nos transporta al mar.

Glaciar Perito Moreno

Mi diccionario carece de entradas para definir lo que se siente al caminar sobre un bloque de hielo nacido hasta más de 400 años, que te rodea y te protege. Podría engullirte si lo decidiera, pero solo te sugiere lo diminuto que eres. 

 No captará nunca una imagen el sentimiento de iniciar otro día solo, a miles de kilómetros de tu familia, y concluirlo rodeado de personas que ya sientes parte de la misma, a escasos centímetros de ti. Felicidad.

No basta una vida para ver todo lo que el mundo nos regala. Pero a veces basta un día para hacer valer la pena toda una vida. 

Una nueva vida cada tres días

“Me gusta viajar solo. Pero eso no significa que me guste estar solo”.

El día que dije esta frase a algún querido amigo de mi vida muniquesa, no podía mínimamente imaginar el tipo de vida que me esperaba por delante estos meses.  

La sensación se repite cada semana. A veces son 2 días. A veces 7. Puede suceder todo en una misma ciudad. O en 3 emplazamientos diferentes. Quizás me las cruzo en el hostel… En la fila de adelante en el micro … Al otro lado de la recepción… 

Son familias. Familias que se unen y se separan a una velocidad casi cruel en el microcosmos en que ahora vivo.

Caminando en los alrededores de El Chaltén con Cecilia, Miriam y Cristina

Una mirada lo inicia todo. Un abrazo le pone un punto y a parte. En el medio hay risas regaladas, sufrimientos compartidos, y la sensación de que nada será igual después de conocer a esa persona.

Con mi familia del Hostal Punto Patagónico de Neuquén.

No soy el mismo de hace unas cuantas semanas. Y no solo por todo lo que me han enseñado estas familias en nuestras convivencias exprés. Más que nada porque, cada vez que subo a un nuevo autobús, destino a una nueva ciudad, parece que el dolor de la separación no me permitirá empezar de nuevo desde cero. 

Pero luego aparecen de nuevo. Dos ojosUn saludo. Una vivencia que no tiene duración. Una despedida. Dos vidas cruzadas para siempre.

Es duro. Pero me llenan de Vida. Son mi Familia. 

¿Se imaginan?

¿Se imaginan un lago congelado en lo alto de una montaña, colocado ahí como por arte de magia?

¿Se imaginan ser trasportado a la ciudad más austral sobre la faz de tierra por un autobús, que a su vez es transportado por un barco a través del estrecho de Magallanes, que a su vez es transportado por la ilusión de descubrir lo que les espera en la otra orilla?

¿Se imaginan sentir nostalgia del segundo pasado, agradecimiento por el presente y anhelo del instante inmediato?

 ¿Se imaginan un viento antártico helándoles la piel sobre el canal Beagle y no sentir dolor porque lo que está ante sus ojos es un antídoto más cálido que el hielo?

Faro del Fin del Mundo

¿Se imaginan reaccionar con indiferencia ante el paisaje más bello jamás visto porque el ser humano es tan idiota que hasta la belleza convierte en rutina?

¿Se imaginan no vivir sus sueños por creerlos irrealizables? Yo no. 

Hacia el final de las rutas argentinas

No es como nos lo venden

Con los amigos del Hostal Yakush en Ushuaia

Llegué a una ciudad llamada el Fin del Mundo y lo primero que aprendí es que hay muchos lugares con vida más al sur.

Llegué pensando que mi paso sería breve e intenso y terminó alargándose una semana y revolucionando todo lo establecido. Llegué pensando que había cosas fáciles y difíciles, grandes y pequeñas, malas o buenas … Y me marcho sabiendo que nada es cómo nos dicen que tiene ser, sino como queramos que sea.

Con Kleiton sobre las aguas congeladas del Lago Esmeralda

Cruzamos caminos tapizados de hojas rojizas. Saltamos sobre riachuelos de agua cristalina. Escalamos montañas nevadas. Caminamos sobre lagos congelados. Gateamos al borde de precipicios. Sí, se reirán pensando que parece que cito a Tolkien, pero lo cierto es que su imaginación no superó la grandiosidad de algo que ya existe y se llama Naturaleza.

A pesar de todo eso, nada supera en magnificencia a lo que mis compañeros de Ruta me enseñaron. Por eso hablo en plural, porque sin ellos no habría apreciado nada de esto que ahora relato.

En la ruta hacia el Lago Esmeralda. Ushuaia.

Y aprendí que no existe un modelo de Vida. Que puedes dejar todo y montar en una bicicleta para dar la vuelta al Continente. Que te puedes construir una casa en la playa y trabajar donde los demás sueñan con ir de vacaciones. Que no es que no te dejen escapar de un lugar, es que tú no te vas por sentirte raro al ser el único en desearlo. Que algo no tiene que terminar; se acaba porque no queremos evitar que lo haga. 

Me enseñaron que hice bien. Que “la vida no era así”, como querían que me creyera que tenía que ser. Sino que es como yo quiero se sea. Y lo mejor de todo, que seguirá siendo así. Sin patrones, sin modelos. Solo con voluntad. Voluntad de ser feliz.

Llegué pensando que hacía algo muy grande. Y me voy sabiendo que hago algo muy pequeño en comparación con lo que el Ser Humano es capaz de hacer.

Con mis amigos Kleiton y Melisa en el Hostal Yakush